Parece que a Almodóvar le gusta dar una de cal y una de arena. Atrás quedaron aquellos abrazos fríos que tan poca sangre proyectaban. Con La piel que habito el cineasta se pone más serio que nunca y es que por ningún lado hayamos rastros del costumbrismo al que nos tenía habituado. Las deslenguadas travestis, las mofas religiosas y las marujas asesinas dan paso a la elegancia, una cualidad poco almodovariana. Pero no hay que confundirse,
el universo del manchego abarca una amplitud no tan desconocida como nos pretende vender. Esa nueva piel de Almodóvar que tan bien queda en los slogan publicitarios no es más que un juego de palabras. Es necesario echar la mirada hacia atrás para recordar un Almodóvar tan oscuro como el actual. ¿Acaso Matador era una chispeante comedia o Carne Trémula una sucesión de frases lapidarias? No es un Almodóvar nuevo señores sino reinventado y de una forma notable.
Con la piel que habito el cineasta juega a ser Dios de una manera enfermiza y a pesar de los intentos por conseguir un ambiente claustrofóbico no lo alcanza. Gran parte de la culpa recae en el guión. El espíritu de la novela en la que se basa "Tarántula" de Thierry Jonquet cuesta encontrarlo. Donde el terror y la angustia se apoderaba del lector, la previsibilidad de los fotogramas provocan en el espectador una sensación incompleta. Esa falta de orgasmo no la convierte en una de las obras mayores del director.
A pesar de esto, los autohomenajes, los números musicales metidos con calzador y algún que otro chiste convierte a la cinta en un producto con sello de la casa fácilmente identificable.

Hace pocos días Almodóvar dejaba caer que con La piel que habito
comienza la era Anaya. Hemos de celebrarlo porque la actriz imprime a un personaje complicado un verdadero ejercicio de interpretación. Su sensualidad recuerda a la Victoria Abril de Átame y su primer plano dice más que cualquier texto. Su partenaire no es menos. Antonio Banderas deslumbra como hacía tiempo que no lo hacía. Su bajada por las escaleras realmente proyecta pánico.
Hay que reconocer que el salvador del cine español ha parido una película que remueve las entrañas si es tomada en serio. La opción de priorizar la sexualidad a la venganza, sobre la que tanto se detenía la novela de Jonquet, tal vez no haya sido un gran acierto pero los momentos de llevarnos al abismo y no soltarnos son de agradecer.
Hemos sido presas de una tarántula cuya inteligencia se debe cuestionar pero que una vez más se sale con la suya y nos insufla un veneno que deja huella.
Lo mejor: la última escena. Memorable
Lo peor: tener siempre presente el novelón de Jonquet.