Concebimos el matrimonio como una institución solemne regida sobre códigos morales que para llegar a buen puerto son recomendables respetar. Esas leyes impuestas por la sociedad se han ido digiriendo a lo largo de las décadas, en ocasiones atragantadas y en otras tantas vomitadas pero siempre han ocupado su lugar. Ahora bien, quien de un paso en falso para desviarse de la senda marcada está vulnerando la regla. La sentencia a ese incumplimiento la dicta la conciencia para quien delinque o el amor, cariño, estabilidad, apego o como se quiera llamar, por parte de la víctima. La ópera prima de Tadjedin como directora no es sólo una cinta sobre cuernos, va más allá diseccionando los motivos que llevan a tomar una decisión de tal calibre. Y es que pocos trabajos como éste desarrollan de una forma tan sincera el recurrente tema de la infidelidad. Se agradece que la cineasta no juzgue a ningún personaje. Brinda la oportunidad de hacerlo al espectador al convertirle en partícipe en todo momento. Juega con una baza muy importante, es conocedora de que cualquiera puede utilizar el filme como un espejo dónde reflejar sus miserias, miedos o inquietudes y da en la diana como en su día lo hiciera Sam Mendes o Rodrigo García.

Envueltos en un eficaz montaje vamos contemplando como una pareja aparentemente estable se va desquebrajando en silencio por culpa de unos celos infundados y falta de confianza que en el fondo no es más que una excusa para volcar la inseguridad propia en el otro. El personaje de Knightley no puede describirlo mejor. Se dice que donde hubo fuego cenizas quedan y aquí el dicho queda patente.
Y donde realmente el fuego quema como nunca es en las escenas que comparten Knightley y y el actor francés Canet. La química arrolladora que se desprende en cada secuencia llega a conmover. Quien diera vida a Elisabeth Bennet en la tan aplaudida Orgullo & Prejuicio, ahora se marca una de las mejores interpretaciones de su trayectoria. Sus miradas y silencios nos hacen cómplices en todo momento. Podemos entender su comportamiento y hasta compartirlo. Igual sucede con la actitud del personaje de Worthington al que se le puede tachar de inexpresivo frente a la imponente Eva Mendes pero que encaja a la perfección en un papel que no requiere más matiz que la decepción con uno mismo.

Sólo una noche ahonda en esa parcela íntima de cada individuo dentro de la pareja removiendo conciencias. Adopta una postura objetiva pero puede que el espectador no lo sea tanto y criminalice el acto físico antes que el psicológico. Ya se sabe, quien esté libre de pecado ...
Lo mejor: el desarrollo del personaje de Knightley
Lo peor: que el deseo de ver carnaza eclipse la esencia de la cinta.


